Version de Keiser. Capitulo 1

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DDZAYLAR

 

Soy el escritor de lo incorrecto, de lo malvado, de los amantes de lo imposible, de los entregados a la lujuria. Soy el escritor de las historias agridulces y de aquellas que estremecen al lector a niveles desorbitados.

Dedico este libro a mi padre y le brindo mi máximo apoyo en la lucha contra el cáncer. Ya sea que gane o pierda, ha decidido enfrentar una batalla directa con la muerte y eso le convierte en un guerrero de lo eterno.

CONTENIDO

Introducción de El Portador de la Muerte: Al Borde de la Extinción.

Introducción de la Versión de Keiser.

Capítulo 1.

Enlaces.

Sobre el Autor.

Agradecimientos.

 


 

Introducción de El Portador de la Muerte: Al Borde de la Extinción.

El Portador de la Muerte: Al borde de la Extinción es un libro de ficción futurista en el que se relatan diferentes historias ubicadas en una Tierra consumida por la peor de las guerras. Pasados setecientos años desde el período actual, las personas se han visto obligados a servir a la familia que logró doblegar a la humanidad.

Conocidos como los Reyes de la Tierra, consiguieron crear una dinastía que perduró cientos de años, siendo el Rey Migael el último superviviente de esta. Keiser, el principal culpable de menguar el poder de su antiguo líder, se ha autoproclamado Emperador de la Tierra y lidera una sangrienta revolución destinada a liberar la humanidad de la esclavitud en la que, durante siglos, se ha visto envuelta.

Incapaces de vivir en la superficie a causa de la radiación, los supervivientes del cataclismo se han visto obligados a residir en el subsuelo en un mundo donde ya no hay océanos ni rastro de la más mínima vegetación.

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Introducción de la Versión de Keiser.

Este capítulo, al igual que otros que he subido a la red e iré publicando día tras día, forma parte de los capítulos extra de la historia y por lo tanto, la complementa. Debo recordar, que el libro no requiere de estos capítulos para entenderse, pero he pensado que sería interesante contar la historia de varios personajes desde la perspectiva de cada uno de ellos.

Sediento de venganza, ahora Keiser deberá decidir si mantiene a salvo a todas las personas que liberó de la esclavitud, o si continúa regando la Tierra con la sangre de sus enemigos en una guerra que día a día reduce el escaso número de supervivientes.

Los hechos transcurren unas horas antes que en la historia original.

El Portador de la Muerte: Al Borde de la Extinción.

Versión de Keiser.

Capítulo 1.

– Emperador. – Oigo susurrar a una voz que me despierta de mi breve letargo. – Traigo noticias del hangar.

– ¿Qué quieres? – Le pregunto, abriendo los ojos y, molesto, los fijo en el pequeño jorobado. – Te ordené que nadie me interrumpiera.

– Debía hacerlo. – Me informa mi antiguo mayordomo, agachando aún más la cabeza. – Tengo que contarle hechos de suma importancia.

– ¡Habla! – Le grito impaciente, provocando que, asustado, retroceda entre tambaleos. – No me hagas perder más el tiempo.

Observando cómo la ilusión que traía al principio se desvanece, alzo la mirada al escuchar el ruido que se desprende de las gigantescas puertas del consejo. Abriéndose lentamente, me percato que un hombre de oscuro cabello las empuja para entrar de forma impertinente a nuestro más sagrado lugar.

Glorioso, avanza hacia nosotros con unas extrañas barras sobresaliéndole de la cintura. Momentos después, se para ante mí y, colocando una rodilla en el suelo, se postra sumiso.

– No pensé que vendrías hoy. – Le digo al hombre que, antes de escuchar mis palabras, coge los pequeños palos de su cintura y, preciso, los coloca sobre la superficie uno a poco más de un par de palmos del otro. – ¿Qué pretendes enseñarme?

– Pifit. – Le ordena, enfocando sus poderosos luceros en mi jorobado mayordomo. – Lárgate.

Paralizado por la intensa mirada de aquel hombre, da un paso hacia atrás y sin fuerza suficiente para emitir sonido alguno, comienza a caminar hacia el exterior. Cojeando, se aleja de nosotros y, tambaleándose, incrementa sus pasos al ver cómo la gigantesca puerta empieza a cerrarse a causa de su monstruoso peso. Volviendo a centrarme en el hombre impertinente, contemplo cómo manipula su reloj y, en pocos instantes, una extraña figura crece entre las barras en forma de holograma.

– ¿Esto es lo que querías mostrarme? – Le pregunto incrédulo, sin comprender qué significan las innumerables formas creadas. – Pensé que al menos me traerías algo que me suscitara una pizca de interés.

– Parece. – Me dice, fijando en mí sus ojos bañados por el fuego del peor infierno. – Que no comprendes lo que tengo entre las manos.

– Zayron. – Le digo irritado, frotándome los párpados a causa del incesante sueño que me atormenta. – Haz el favor de ir al grano, hay asuntos en el hangar que requieren mi atención.

– Estos. – Me dice, poniéndose en pie y, alzando las manos, comienza a manipular el holograma. – Son los asuntos del hangar.

Haciendo bailar los dedos mediante una sorprendente habilidad, empieza a cambiar la forma de las figuras holográficas hasta engrandecerlas, un par de metros por encima de nosotros. Anonadado, examino el preciso dibujo de lo que parece ser la base de nuestro enemigo.

– ¿De dónde has sacado esto? – Le pregunto perplejo, sin comprender cómo puede haber logrado obtener el más codiciado de los documentos. – ¿Es auténtico?

– Sí. – Sentencia orgulloso, mostrándome su radiante sonrisa. – Durante años, he estado enviando algunos de mis hombres en busca de estos planos y, al fin, uno de ellos ha vuelto con vida.

– Has estado mandando a nuestros chicos al exterior. – Le digo, enfureciéndome por un momento. – ¿Sin ni tan siquiera informarme?

– Soy uno de los Almirantes de tu ejército. – Me responde sutilmente desafiante. – No necesito molestarte con cada una de mis decisiones.

– Llevo tiempo advirtiéndotelo. – Le indico, poniéndome en pie. – No puedes estar haciendo siempre todo aquello que te dé en gana.

– Me he ganado el derecho a volar libre y tomar mis propias decisiones. – Protesta, manipulando nuevamente el holograma. – Lo sabes mejor que nadie.

– Es cierto que te has labrado una buena fama. – Le digo, colocándome a su lado mientras postro una de mis manos sobre su hombro. – Eh, ¿Portador de la Muerte?

– Sé muy bien cómo me llaman. – Me dice, dibujando una especie de montaña cuadrada que se alza, entre incontables cráteres que parecen extenderse durante cientos de kilómetros. – Pero yo no elegí que me pusieran ese nombre ni las cosas que de mí se cuentan.

– ¿Qué esperabas, cuántos han muerto por traerte este mapa? – Le pregunto irónico, examinando detalladamente el holograma. – Tu leyenda va acorde a tu maldito apodo.

Silencioso, sella los labios, negándose a contestarme mientras continúa manipulando sus inquietos dedos. Segundo a segundo, me muestra cada tramo, cada forma, cada punto estratégico y lugar que podríamos usar en contra de nuestro enemigo pero, desconfiado, le retiro la mirada dándole la espalda.

– Lo único que importa. – Me responde una vez termina de jugar con la realidad avanzada. – Es que gracias a esto, nuestros nombres se grabarán en las mentes y los corazones de todos los supervivientes de este planeta.

– ¿Cuál es tu plan? – Le pregunto, caminando hacia una de las estatuas que se alzan, junto a los altos muros del consejo. – ¿Cómo pretendes hacerlo?

– Hay una escalera oculta, dentro de la propia pared de roca. – Me informa satisfecho, a través de un tono lleno de entusiasmo. – A través de ella, accederemos a la fortaleza del Rey Migael.

– ¿Pretendes asesinarlo mientras duerme? – Le pregunto, incapaz de evitar que una carcajada me salga de los labios. – No lo lograrías, ni con el mayor de los ejércitos.

– Pocos hombres. – Responde, convencido de sus palabras. – Serían suficientes para infiltrarse y darle muerte.

– Eres un necio. – Le recuerdo, contemplando la majestuosa estatua de uno de los Reyes de la antigüedad. – Nadie lograría adentrarse allí, ni siquiera yo.

– Si realizo una distracción lo suficientemente grande. – Me indica, colocándose también junto a la prominente escultura. – Podría infiltrarme en la fortaleza y poner fin a esta guerra.

– Una distracción. – Le digo pensativo, intuyendo sus intenciones. – No permitiré, que envíes a nuestro ejército contra esa fortaleza, para que tengas una efímera oportunidad de adentrarte en ella.

– Si lo consigo. – Responde, mordiéndose el labio de satisfacción por sus ansias de probar la sangre del Rey. – Pondremos fin a esta guerra y salvaremos, así, a la humanidad de la extinción. 

– ¿Cuántas décadas llevamos enfrentándonos a esa familia? – Le pregunto reflexivo, volviendo a fijar la mirada en sus rojizos ojos. – Vamos ganando y mientras seamos pacientes, mantendremos nuestra ventaja.

– ¿Pacientes? – Protesta de un leve grito. – Cada día que pasa somos más débiles, te recuerdo que nuestro número mengua por momentos.

– ¿Es eso lo que te preocupa, que la humanidad se extinga? – Le pregunto hipnotizado, creyendo que sus particulares luceros logran verme el alma. – ¿Cuantos caerán si realizas ese ataque suicida?

– Sólo enviaré a mi ejército, el resto de nuestra flota se quedará aquí, contigo y los otros dos Almirantes. – Sentencia, fríamente convencido de la eficacia de su plan. – Será algo rápido, tendré la cabeza de Migael entre mis manos antes que lleguemos a lamentarnos por un elevado número de víctimas.

– ¡No pienso permitirlo! – Digo de un grito, incapaz de contenerme. – Si fracasas, nos condenarás a todos a una muerte segura, y si ganas, morirá tanta gente que prácticamente declararás el fin de nuestra especie.

– ¿Qué sugieres? – Replica desafiante, negándose a aceptar mis palabras. – ¿Qué me quede aquí sentado esperando a que, milagrosamente un día, nuestro mundo cambie?

– Lo que quiero. – Le digo, frunciendo el ceño. – Es que seas paciente y asumas que ya no podemos seguir luchando.

– Parece que olvidas. – Protesta entre dientes. – Que fuiste tú quién me enseñó que mientras quede un enemigo al cuál enfrentar, debemos presentar batalla sin importar el coste.

– No manipules mis palabras. – Sentencio, dándole la espalda para volver a mi trono. – Entonces, estábamos solos y no teníamos a nadie que dependiera de nosotros.

– Si no quieres atacarlo. – Me dice tan irritado como hacía tiempo que no lo había visto. – ¿Qué pretendes que haga con estos planos?

– Nada. – Le informo una vez que me siento. – Llévalos a la sala de mando y descansa, te mereces, más que nadie, tomarte unos días libres para relajarte.

Sellando los labios, me observa reprimido pero inesperadamente, el gigante portón del consejo vuelve a abrirse, permitiendo el paso de otros dos hombres. Examinando el rostro de cada uno de ellos, me doy cuenta desde la lejanía que nos separa, que el resto de los almirantes ha decidido venir a nuestro lugar de culto.

Pensando que los tres miembros de mi famoso Tridente se han confabulado para llevarme a otra batalla, vuelvo a fijar la mirada en Zayron, creyendo que es el único con valor suficiente para oponerse a mi voluntad. Deteniéndose a poco más de un metro del trono de su señor, hincan momentáneamente la rodilla en el suelo y se alzan, dispuestos a manifestarme sus ocultas intenciones.

– Emperador. – Interrumpe mi molesto amigo de rojizos ojos antes que sus compañeros formulen palabra alguna. – ¿No te importa, perder la que posiblemente será, no sólo la última oportunidad de salvar a la humanidad, sino también, de unificarla?

– Ya he manifestado mi decisión. – Sentencio, negándome a seguir debatiendo sobre este tema. – Así que obedece mis órdenes como todas y cada una de las personas que pertenecen a mi Imperio.

Asintiendo con la cabeza, se gira hacia la entrada e, ignorando a sus compañeros, empieza a caminar hacia ella. Sintiendo como desprende una furia que sembraría miedo en el corazón del más valiente, contemplo cómo abandona la cámara, a la espera de que alguno de los dos Almirantes decida pronunciarse.

– Y vosotros. – Les digo enojado, rompiendo al fin, el silencio que les acompaña. – ¿Qué queréis?

– Pensábamos. – Dice lentamente Visear, el más pequeño de ambos. – Que querría que elaborásemos un plan para la batalla.

– No va a haber ninguna contienda. – Sentencio nuevamente, viendo el alivio en su rostro. – No estamos preparados para ello.

– Sí, lo estamos. – Replica Lezerion, caminando hacia su sillón. – Aquel demonio que se ha ido por la puerta seguro que ha encontrado la forma de acabar con Migael y su tiranía.

– Aunque tenga el más elaborado de los planes. – Le protesta Visear, yendo también, hacia su prominente butaca. – Si ataca al Rey y fracasa, nos estaría condenando a todos.

– Entonces. – Le dice Lezerion una vez que se acomoda, alzando el puño en señal de victoria. – Acompañemos todos al Portador y pongamos fin a toda esa estirpe.

– Si ese es vuestro plan. – Le replica Visear de forma desafiante. – Yo no pienso acompañaros.

– Vosotros iréis. – Les recuerdo mirándolos aleatoriamente. – Donde yo os ordene.

– Tenemos una oportunidad única. – Me dice Lezerion, rebosante de esperanza. – Piensa en todo lo que nos han hecho.

– No trates de manipularme. – Le digo entre dientes. – Hace mucho tiempo que ninguno de los esclavos de Migael escapa para unirse a nuestra cruzada.

– Eso no significa que no necesiten nuestra ayuda. – Dice Visear mientras recapacita. – Pueden haber aumentado la seguridad y, así, evitar que los condenados huyan.

– Me es indiferente. – Les informo, viendo sus ojos envueltos en un extraño desconcierto. – Todo aquel que carezca del valor suficiente para unirse a mi Imperio, es nuestro enemigo y, como tal, vamos a tratarle.

– Acaso olvidas. – Protesta Visear, dedicándome una de sus peculiares miradas maliciosas. – ¿Por qué empezamos todo esto?

– Por venganza. – Sentencia Lezerion, poniéndose enérgicamente en pie. – Prometimos dar caza a todos los Reyes de la Tierra y ahora estamos a punto de lograrlo.

– ¡Para salvar a la humanidad! – Le replica Visear, de la forma más desafiante. – Esto, Lezerion, va mucho más allá que una simple vendetta.

– ¡Callaos! – Les grito, provocando que un desolador silencio se apodere de nuestra gigantesca cámara del consejo. – No tengo intención alguna de poner en peligro la vida de mis soldados, por algo tan primitivo como la venganza.

– Esto va más allá que cualquier motivo oculto que podamos poseer. – Me recuerda Visear, alzándose de su prominente butaca. – Es un deber que tenemos como hombres.

– Dime Visear. – Le digo, levantándome de mi trono para caminar en dirección a él. – ¿Quién soy yo?

Paralizado por mi reacción, sella inmediatamente los labios mientras que Lezerion, situado a pocos metros de él, comienza a retirarse disimuladamente hacia la entrada. Incapaz de darme una respuesta, se queda en silencio y, pasados unos interminables segundos, le alcanzo, dejando mi rostro a pocos dedos del suyo.

– Keiser. – Susurra, agachando la cabeza sin lograr mantenerme, ni por un instante, la mirada. – El Emperador de la Tierra.

– Buen chico. – Le digo, acariciándole el cabello, como si de un cachorro se tratase. – Ahora, antes que me enfurezca, vuelve a tu habitáculo y haz lo mismo que Zayron, desaparece durante unos días.

Intentando mantener la calma, permanece petrificado hasta que, momentos después, dejo de manosear su corto cabello dorado. Sintiendo el temor que, en un instante, he hecho resurgir en su interior, contemplo como da unos diminutos pasos hacia atrás para poder así abandonar cuanto antes nuestro preciado templo.

– Lezerion. – Digo al ver que me da la espalda para dirigirse a la inmensa puerta. – ¿Tú también, tienes algo que objetar?

– No. – Me indica sumiso, enfocando en mí sus luceros bañados por el peor de los miedos. – Lamento haberle molestado.

– Me lo compensarás dirigiendo la fortaleza mientras Zayron y Visear se toman unos días libres. – Le digo, caminando hacia una de las estatuas. – Así que marchaos, ya habéis agotado suficiente mi paciencia.

Sellando nuevamente los labios, abandonan la inmensa cámara del consejo, dejándome al fin solo en el vasto lugar. Sabiendo que he tomado la decisión correcta, intento calmar mi corazón que, ansioso, me vibra en el pecho, reclamando la tan anhelada venganza. Negándome a poner en peligro todo lo que he construido, trato de liberar mi mente de unos pensamientos que sólo servirían para volver a regar de sangre los restos de nuestro mundo.

Parado ante la magnífica escultura, examino al detalle el rostro de una mujer que debió ser de suma importancia en el pasado. Memorizando cada rasgo de su peculiar belleza, comienzo a pensar en todo lo que me arrebataron a lo largo de mi vida y, antes de darme cuenta, impacto mi puño contra ella.

Desfigurando su cara a través de mi prominente golpe, empiezo a sentir un pequeño dolor que me corre por la mano, en forma de punzantes calambres. Poseído por la cólera, vuelvo a azotar la recia escultura causando en ella enormes fisuras que terminan quebrándola por completo. Atormentado, observo los pedazos de aquella vieja obra sin siquiera saber cuál fue el nombre de su dueña.

Anhelando distraer mi mente, empiezo a caminar hacia la salida del consejo en busca de algo que logre tranquilizarme. Paso a paso, las piernas se me mueven solas hacia la estatua de un caudillo, del que me niego a pronunciar su nombre. Habiendo estudiado todos los hechos que causó el villano, me quedo parado ante la escultura, preguntándome qué demonios haría él en mi situación.

Incapaz de obtener respuesta, me percato que mis encalambradas manos me tiemblan descontroladamente. Cerrando los puños, los alzo al cielo, quedándome cegado por las brillantes luces que iluminan nuestro consejo. Sometido a una duda que me invade en cada segundo que pasa, impacto ferozmente mi puño contra la bella estatua, provocando que la cara de aquel varón estalle en ese instante.

Observando los últimos recuerdos del sanguinario caudillo que, en su día, trató de conquistar nuestro mundo, piso fríamente los fragmentos, oponiéndome a cualquier futuro intento de mis subordinados por reconstruirla. Aproximándome a la prominente entrada, cojo los tiradores de las gigantescas puertas con ambas manos y, de un fuerte tirón, las abro, haciendo que emitan sus característicos crujidos.

Contemplando el inmenso salón que hay ante el consejo, comienzo a andar a través de él en dirección al único lugar donde podré ser bañado en un poco de sabiduría. Presenciando cómo mi jorobado mayordomo se postra ante mí nada más verme, lo ignoro sin intención alguna de fingir la falsa amabilidad que, a consecuencia de mi cargo, siempre me veo obligado a aparentar.

Recorriendo los largos pasadizos de la ciudadela, medito sobre mis escasas opciones, sabiendo que cada decisión que tome marcará un antes y un después en el futuro de nuestra especie. Deseando por encima de todo reflotar este mundo y volver a colocar a la humanidad en el lugar que por derecho le pertenece, avanzo durante interminables minutos hasta llegar a la entrada de mis aposentos.

– Emperador. – Dicen al unísono la decena de soldados que custodia la entrada, realizando la más perfecta de las salutaciones. – Le deseamos unas buenas noches.

Haciendo oídos sordos, paso a través de ellos, ignorando por completo sus amables palabras. Ofreciéndose a abrir la puerta de mi habitáculo, Nela, la joven de menor edad, deja su equipo médico en el suelo y se me coloca delante, emulando una desmesurada sonrisa. Colocando su pequeña mano sobre la metálica entrada, me mira orgullosa, ahorrándome el absurdo esfuerzo de tener que abrirla por mi cuenta.

– ¿Keiser? – Oigo gritar desde las profundidades de mi morada. – ¡Ven, llevo horas esperándote!

Maravillado por escuchar esa voz, percibo cómo una desmesurada alegría se apodera de mí y, extasiado, empiezo a correr por el pasillo de la cámara, pero en el instante que me adentro en la sala, la sensual dama que en ella habita, se me lanza a los brazos. Acalorado por sentir su cuerpo rodeando el mío, fijo la mirada en sus dulces ojos y, excitado, dejo que ambos nos caigamos sobre la superficie.

Riéndose por la situación, la bella mujer que mi corazón tiene dominado, se incorpora sutilmente, dejando ambas rodillas apoyadas sobre el suelo.

– ¿Es cierto lo que dicen? – Me pregunta a través de una acaramelada voz, que me seduce en cada palabra. – ¿Han hallado la forma de acabar con Migael?

– Sí. – Sentencio, sorprendido por la rapidez en la que se ha dado a conocer la noticia. – Pero nos será imposible acabar con él, sin pagar un alto precio.

– No pagaremos nada. – Sentencia a la vez que la amable sonrisa de su rostro se desvanece. – Estoy harta de tanta muerte, ha llegado la hora de trazar el camino hacia la paz.

– Sabes tanto como yo. – Le indico, conociendo cuál iba a ser su reacción desde el principio. – Que no habrá paz posible mientras el Rey siga vivo.

– Tarde o temprano, tendrá que rendirse. – Me informa, acariciándome la mejilla con la mano. – Él ya ha cesado en sus ataques y eso significa que está dispuesto a dejar las armas.

– La experiencia me dice. – Le recuerdo, besando su cálida mano. – Que cuando un enemigo retrocede, es el momento de sentenciarlo.

– Mira cuánto daño ha hecho a nuestra especie. – Me dice ella, intentando que entre en razón. – Un pensamiento tan radical como ese.

– Entonces, amada mía. – Le digo entre dientes. – ¿Qué quieres que haga?

– Quiero que reconstruyas este mundo y te alejes de tan oscuros pensamientos. – Me informa momentos antes de conectar sus labios con los míos. – Ya has hecho suficiente, ahora debes preocuparte por mejorar las vidas de todas las personas bajo tu mando.

– Muchos anhelan venganza. – Le recuerdo embobado por el dulce sabor de sus besos. – Entre los que, lamentablemente, yo también me incluyo.

– Esas ansias de sangre pasarán. – Me indica, tirando del rojizo hilo de su traje y, en un instante, sus magníficos pechos quedan al descubierto. – Piensa que la paz siempre nos aportará mucha más felicidad que la guerra.

Asintiendo sutilmente con la cabeza, hago correr mis manos sobre su torso, pero en el momento que me dispongo a envolverle los senos con los dedos, siento cómo su puño me golpea astronómicamente el rostro. Conmocionado por el feroz impacto, alzo la mirada a ella que, sonriente, me observa mordiéndose el labio.

– Nunca. – Le digo enfurecido al observar su radiante cara de satisfacción.

Amenazante, eleva el brazo al cielo e, impidiéndome terminar mis palabras, impacta contundentemente su puño contra mi barbilla. Conmocionado, empiezo a saborearme la sangre que me corre por la boca y, atónito, vuelvo a fijar mi mirada en sus brillantes ojos. Manteniendo su cara de placer, tira del rojizo hilo de mi traje, haciendo que este se hinche para así poder desnudarme.

– Tú, querido Emperador. – Me susurra cálidamente a la vez que me arrebata los ropajes. – Hablarás, cuando yo te dé permiso para hacerlo.

Liberándome los brazos de las ajustadas mangas, veo cómo, calmada, mi amada se me apega y una vez que se encuentra a pocos dedos de mi rostro, me incorporo bruscamente, causando que nuestras frentes choquen. Aturdida, cae de espaldas sobre el suelo de la sala y, llevándose ambas manos a la cabeza, grita adolorida.

Excitado, me alzo, quedándome totalmente desnudo ante ella y con mi endurecido miembro apuntándole, me aproximo a mi mujer, abogando a mi plena intención de tomarla. Envolviendo con los dedos de una mano uno de sus grandes pechos, la empujo, colocando su espalda contra la superficie y, en un instante, la postro autoritario.

Indefensa, me observa desafiante, sabiendo que no hay forma alguna de doblegarme, así que, sometida, envuelve mi rígido miembro en una de sus manos. Agradecido, gozo con cada roce de sus dedos, cuando de repente, lanza su frente contra la mía, hundiéndome en un molesto mareo.

– ¿Crees que puedes domarme? – Me susurra a través de una feroz carcajada, mientras caigo a su lado y, hechizado por su locura, veo cómo se desnuda. – Tú mandarás allá afuera pero, aquí, soy yo quien tiene todo el poder.

Inmediatamente después de pronunciar esas palabras, se tumba sobre mí y, húmeda, se introduce mi falo en su interior. Haciendo un gemido tan ensordecedor que logra erizarme todos los pelos del cuerpo, agarro su voluminoso trasero y, retirando la cadera, la penetro hasta lo más profundo de su ser.

Paralizada, se queda inmóvil mientras que, arremetida tras arremetida, la poseo acaloradamente. Cayendo sobre mí, coloca su antebrazo sobre mi cuello y sus labios junto a mi sensible oído. Suspirando incesantemente sobre él, consigue estimularme hasta el punto que me veo obligado a hacer un gran esfuerzo para ser capaz de contenerme.

Seducido por su inigualable encanto, me quedo prendido de ella, pero pasados unos breves minutos, me percato que estoy a punto de perder el conocimiento. Percibiendo cómo las manos se me entumecen y los dedos de los pies me tiemblan a causa de unos incesantes hormigueos, dejo de poseer a mi amada al perder mi característica fuerza.

Sintiendo que estoy flotando en mitad de una nube, noto el mayor de los placeres al gozar del roce que su húmeda vagina me provoca al envolver mi endurecido miembro.

– ¡Despierta! – Le oigo gritar a mi oído e, instantes después, retira su antebrazo de mi cuello, devolviéndome el oxígeno que, inconscientemente, tanto necesitaba.

Volviendo a perfilar su rostro mediante mi borrosa mirada, veo cómo todo nuestro entorno se mueve a una velocidad desoladora que se detiene una vez que mis ojos se enfocan en la entrada. Notando cómo la mejilla se me enrojece, vuelvo a saborearme la sangre dentro de la boca, dándome cuenta, que he vuelto a ser golpeado.

– Angélica. – Digo reclamando a mi amada una vez empieza a tomarme con suma fiereza. – Deja de maltratarme.

– Cariño. – Susurra mordiéndose el labio. – No te he dado permiso para hablar.

Seguidamente, apoya las palmas de sus manos sobre mi pecho y, gimiendo, comienza a hundirme sus afiladas uñas en la piel. Berreando por el estrepitoso dolor que me causa, la tomo débilmente del cuello y se lo aprieto, intentando así que se detenga. Observando cómo mi rojizo líquido huye abdominales abajo, la agarro del pecho izquierdo con intención de percibir su acelerado corazón.

Oyendo sus suspiros detenerse, le devuelvo la sonrisa que tan egoístamente me ha dedicado durante todo el acto. Viendo cómo su rostro se baña de un débil color morado, la estrangulo incluso con más fuerza al sentir sus dedos desgarrarme aún más la piel. Estremeciéndome por la agonía, noto cómo su cadera se me mueve enérgicamente por encima, introduciéndose sin cesar, mi rígido falo entre los labios de su vagina.

Emitiendo débiles gemidos entre los espasmos producidos a causa de la carencia de aire, empiezo a percatarme que el iris de sus ojos se diluye, desvaneciéndose por encima de los párpados. Perplejo, contemplo la escena y, sin liberarla de su cautiverio, la acerco, dejando su rostro a escasos dedos de los míos.

Notando cómo la respiración se le acelera hasta hacerme vibrar la mano sujeta a su pecho, se lo suelto asustado y, tomándola de su gran trasero, la beso, apretando aún más mis dedos contra su cuello. Deleitándome del dulce sabor que de sus labios se desprende, comienzo a penetrarla con suma brusquedad mientras mi amada me atraviesa la piel del costado, blandiendo unas uñas tan afiladas que se me adentran hasta las costillas.

Sometido al desmesurado dolor que sus juegos me causan, eyaculo en su interior al ser incapaz de soportar tan desolador tormento. Percibiendo mi mágico fluido desprenderse dentro de ella, cierro los ojos y, en un instante, los abro al sentir cómo me muerde salvajemente el labio. Gritando de la agonía, retiro la mano postrada sobre una de sus nalgas y velozmente la enredo en su cuello, intentando liberarme.

Incapaz de escapar de su agridulce trampa, empiezo a notar cómo me desgarra la cara al apretar aún más sus dientes contra la piel de mi boca. Notando cómo la sangre me huye a raudales a través de los cortes, quedo doblegado ante mi amada que, asfixiada, continúa poseyéndome hasta que al fin, después de incontables golpes de cadera, pierde el conocimiento en el momento que de sus labios se escapa el mayor de los gemidos. 

Temiendo por su vida, suelto su cuello y delicadamente dejo que su cuerpo caiga sobre mí. Desesperado, trato de reanimarla pero en el momento que me percato de lo inútiles que son mis intentos, la vuelco sobre la superficie y, moribundo, me alzo ante ella. Llevándome ambas manos al abdomen, me lo aprieto para impedir así que más de mi preciado líquido se me desprenda de las heridas.

– Guardias. – Susurro débilmente una vez que logro llegar al pasadizo, pero incapaz de hacer que mi voz resuene por el habitáculo, me veo obligado a llegar al exterior para poder salvar la vida de mi amada.

Deambulando por el interminable pasillo, siento que en cada uno de mis pasos, la piel que me cuelga del labio se balancea por mi rostro, como si de un péndulo se tratase. Haciendo mi mayor esfuerzo para llegar a la entrada, pienso en mi esposa que, asfixiada, yace sobre el frío suelo de nuestra cámara. Viéndome obligado a soltarme el torso para apoyarme en las paredes, camino todo lo rápido que las piernas me permiten hasta alcanzar, al fin, la puerta que conecta con mis queridos guardias.

Alzando vigoroso mi brazo hacia ella, apoyo la mano en la metálica superficie e, inmediatamente, se abre, dejándome desnudo, al descubierto de mis fieles súbditos.

– ¡Emperador! – Oigo gritar a Nela, la más joven de las guardianas que, velozmente, me enreda entre sus brazos. – Tranquilo, ya está a salvo.

– Vosotros, entrad conmigo. – Escucho decir a un hombre que, al instante, se desvanece dentro de mi habitáculo, junto a tres de sus compañeros.

– Póstralo con cuidado. – Le dice una mujer a la joven que amablemente me sostiene. – Ha vuelto a perder demasiada sangre.

Cuidadosamente, apoyan mi cuerpo sobre la gélida superficie y, con los ojos fijos en las luces que nos iluminan desde el techo, empiezo a notar cómo mi precisa mirada se nubla por momentos. Incapaz de controlar la ceguera que aparenta apoderarse de mí, me alzo la mano al rostro, pero antes de alcanzarlo, los músculos me fallan, provocando que se me caiga sobre el pecho.

Lamentándome por el moribundo estado en el que me encuentro, siento cómo se me cierran los ojos mientras mis queridas guardianas me manipulan bruscamente el cuerpo. Temiendo por la vida de mi amada, trato de berrear a causa del sufrimiento que la incertidumbre me causa, pero fallando en mis intentos de volver a ella, soy envuelto en una oscuridad que parece propagarse eternamente.

Enlaces.

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Para terminar, quería informarte que actualmente ya estoy trabajando en nuevos proyectos que no dejarán indiferente a nadie y verán la luz en los próximos días.

Sobre el Autor.

Soy D D Zaylar, creador de Los Mundos de Zaylar y escritor de las novelas de El Portador de la MuerteEl Puño de Dios y El Ángel del Diablo. Cada uno de mis libros se encuentra caracterizado por grandes dosis de violencia, sexo y drama, rozando en algunos casos la tragedia.

Puedes estar al corriente de todos mis trabajos y relatos en mi blog, www.ddzaylar.com/es donde subo narraciones relacionadas con mis obras prácticamente a diario.

Sobre mí, puedo decirles que soy un gran amante de la literatura y de las emociones fuertes, un buscador de sensaciones que se muere por encontrar aquellas que de verdad lo hagan estremecer.

Tiempo atrás, me dediqué profesionalmente a la doma y cría de caballos, así como la realización de expediciones en las zonas más inaccesibles de la montaña. Posteriormente, dediqué mis esfuerzos en el estudio universitario de la criminología, centrándome en la investigación de los peores actos cometidos por la humanidad.

Actualmente, invierto mi tiempo en varios proyectos novelísticos que verán la luz en los próximos días.

Agradecimientos.

Traducción/Corrección: Carol

http://www.fiverr.com/rightawaywritin 

libro increible
El Portador de la Muerte: Al Borde de la Extinción